Articulo publicado en la Revista Cubana de Educación Superior

La detección de los trastornos del desarrollo infantil precisa de herramientas de evaluación sensibles a la dinámica interna y externa que caracteriza al proceso de desarrollo, visto desde la teoría de los Sistemas Dinámicos. La escala de Desarrollo Armónico –EDA–, ha servido para instrumentar el seguimiento intraindividual durante toda la infancia gracias a que incluye, por primera vez en la historia de las pruebas de evaluación, una estructura matricial en la que está inscrito el constructo «desarrollo» y dos indicadores numéricos para objetivar los parámetros de orden –el Cociente de Desarrollo Estable– y control –el Índice de Armonía– cuyos valores determinan la estabilidad y el cambio dentro del sistema. La operativización del ascenso individual del paisaje epigenético constituye una aportación fundamental al servicio de la investigación longitudinal de los fenómenos del desarrollo.

Introducción

La Psicología Evolutiva ha buscado desde sus inicios explicación para el fenómeno del desarrollo humano. En 1787 el filósofo Dietrich Tiedemann recogía observaciones sobre el desarrollo psicológico de su hijo y las publicaba; era el primero en hacerlo (Delval y Gómez, 1988). Sin embargo, será un siglo después cuando pondremos fecha al nacimiento de nuestra disciplina científica. William Preyer, fisiólogo, publicó en 1882 el que se ha considerado primer tratado sobre Psicología del Desarrollo: El alma del niño, en el que recogía la tesis de que sobre nuestra vida orgánica se asienta una función consciente, una vida psicológica. Ya para Preyer, el desarrollo es el desenvolvimiento de una potencialidad que se actualiza a través de la experiencia en el medio y da lugar a la conciencia, a la cognición y al pensamiento (Jaeger, 1982). A partir de entonces, gracias a Preyer, la Teoría de la Evolución de las Especies, vista por Darwin y Lamark como un fenómeno puramente biológico, incluirá la explicación del desarrollo psicológico humano. Poco después, en 1905, Benjamin Rand ya había recopilado una extensa bibliografía sobre psicología del niño, que publicó James Baldwin en su Diccionario de Filosofía y Psicología (Smith, 1960).
Paralelamente al estudio del desarrollo psicológico nos interesamos por los trastornos y las alteraciones que pueden afectar a su proceso epigenético, ya sea por una causa endógena o por la intervención de factores exógenos, capaces de condicionar su curso y su destino. Por ello, tanto la medida del propio proceso como la evaluación de las posibles alteraciones y sus consecuencias, pasaron a centrar el interés de los profesionales implicados en el cuidado del desarrollo infantil: pediatría, neuropediatría, pedagogía, psicología y neuropsicología, entre otras disciplinas, que se han ocupado durante el último siglo de la construcción de herramientas de evaluación del desarrollo, desde una mirada propia o integrando una visión interdisciplinar.

Arnold Gessell fue pionero en la aportación de escalas de medida para determinadas etapas y áreas del desarrollo (Gessell, 1925). Le siguieron innumerables autores a quienes debemos ofrecer nuestro respeto y mostrar agradecimiento (Brunet y Lèzine, McCarthy, Bayley, Battelle, Huzgiris y Hunt, Secadas, etc.) por su legado de pruebas y metodologías de evaluación, generalmente sustentadas en las corrientes teóricas y los avances psicogenéticos, neuropsicológicos, psicosociales y psicométricos imperantes en las décadas en las que construyeron sus propuestas.

Debemos decir que, independientemente de cada momento, las preguntas básicas a responder han sido invariantes, a saber: cómo y por qué se produce el cambio evolutivo; de qué depende la homogeneidad y heterogeneidad observable en el desarrollo individual; qué influencia podemos atribuir a cada área sobre el resultado global del proceso; cómo programar la estimulación y rehabilitación cuando se necesita; sobre qué áreas debe actuarse; dónde está el límite entre la normalidad y la patología; existen límites biológicos determinantes del desarrollo y, en ese caso, cuáles son sus periodos de influencia y cuáles las consecuencias de sobrepasarlos; acaso hay periodos y etapas o quizás no existe discontinuidad en el desarrollo –deberíamos interpretar el desarrollo como una simple suma de hitos que se alcanzan o quizás emergen nuevas propiedades cualitativamente superiores a lo largo de la evolución.

Estas y otras preguntas todavía más específicas –sobre la microgénesis del desarrollo–, siguen sin una respuesta satisfactoria –lo que continúa manteniéndonos distanciados de una verdadera posición científica–, y parecen condenarnos a proseguir nuestro trabajo clínico apoyándonos en una ciencia que merecería mayores evidencias empíricas para dirigir nuestras intervenciones. La sociedad espera que hagamos una devolución de los esfuerzos que ha puesto en nuestra formación y, en cualquier caso, encontrar respuestas debe ser una meta ética que guíe nuestra leal actuación.

Desde septiembre de 1990, cuando inicié mi ejercicio profesional, después de realizar el periodo de formación clínica durante tres años en el Hospital Materno-Infantil San Juan de Dios, en Barcelona (España), fijé como uno de los objetivos prioritarios de mi actividad, investigar y construir una nueva escala de evaluación del desarrollo infantil que superara las carencias de las herramientas clásicas disponibles en aquellos años (Abellán, 2003). El atrevimiento y la inconsciencia de la juventud no me permitieron sospechar la dificultad de la empresa en la que me internaba, y de la que acabaría siendo prisionero –vocacional– ya que ocuparía el resto de mi vida. Traigo aquí el resultado de la investigación hasta esta el día de hoy.

Las seis propuestas que siguen quizás no responden inequívocamente a las preguntas planteadas, pero considero que, por primera vez en la ciencia del desarrollo, permiten instrumentalizar una metodología de investigación que, a la vuelta de unos años, podría generar conocimiento útil para responder a algunas de nuestras inquietudes. A día de hoy, la Escala de Desarrollo Armónico –EDA– (Abellán, 2011) integra estas innovaciones y la he donado a la ciencia para beneficio del desarrollo humano. La EDA es ahora un patrimonio de la ciencia, administrado por la Fundación Maternal Crecer en Armonía (Orden BOE, 2012).

1. La Matriz Evolutiva

El desarrollo infantil puede ser observado directamente mediante los hitos que va alcanzando. Si hacemos un catálogo de aquellos acontecimientos que caracterizan cada momento de la evolución y los ordenamos en una tabla de doble entrada, acabamos disponiendo de una “matriz” que representa al propio desarrollo (Abellán, 2003).

Hemos construido esta tabla con 800 hitos observables desde 0 hasta 12 años, ordenados por edades y funciones (tabla 1). En el eje de abscisas (x) colocamos diez funciones y en el de ordenadas (y) veinte niveles de edad. En cada una de las 200 intersecciones incluimos cuatro hitos entre los que poder elegir a la hora de iniciar una evaluación.

Matriz evolutiva de desarrollo

Cada uno de los hitos –ítems– se refleja en una ficha (tabla 2) en la que aparece escrito su enunciado, junto con una descripción pormenorizada y una secuencia de dibujos animados que muestra un ejemplo representativo del comportamiento a observar (Ups! es el personaje que desde el nacimiento hasta cumplidos 12 años nos muestra su desarrollo).

Ficha del item 310

Así, la Matriz Evolutiva permite un análisis más afinado de las cuatro áreas clásicas utilizadas en la evaluación: motora, perceptivo-cognitiva, lenguaje y adaptativa (tabla 3). Para apoyar la toma de decisiones clínicas (diagnóstico y programación de la estimulación o rehabilitación) desde nuestra experiencia evaluadora hemos seleccionado hitos de Tono, Coordinación, Precisión, Percepción Interna y Externa, Modulación, Expresión, Comprensión, Identidad e Integración.

Funciones de desarollo

Para contemplar el ascenso individual a través de cada función hemos incluido una doble mirada: microgenética –perspectiva cuantitativa– y macrogenética –perspectiva cualitativa– (tabla 4). Por ello seguimos el desarrollo a través de 20 niveles de edad, agrupados estructuralmente en siete etapas evolutivas dotadas de sentido propio a partir de las funciones que las caracterizan.

Etapas del desarollo infantil

2. El Índice de Armonía del Desarrollo

Cuando tenemos una estructura matricial, podemos trazar sobre ella innumerables perfiles gráficos –que reflejan la variabilidad intra e interindividual–. Para una determinada fecha, la evaluación de cada caso individual resulta en una nube de puntos que ilustra el momento del desarrollo en el que se encuentra (figura 1).

El perfil gráfico contiene una información psicométrica que resulta útil para caracterizar el momento de desarrollo de un niño. Hemos denominado Índice de Armonía (ecuación 1) a la expresión numérica de la varianza de los datos que constituyen la nube de puntos del perfil (Abellán y Vila, 2014).

Indice de Armonia

A mayor dispersión menor homogeneidad. Y nos preguntamos entonces, si acaso la nube de puntos estará expresando una alerta significativa que debemos valorar, para tomar decisiones clínicas. Por ello hemos formalizado en lenguaje matemático el IA, a fin de determinar cuál es el valor criterio que indica la presencia de disarmonía.

Funciones del desarollo

Figura 1. Representación gráfica del Índice de Armonía

3. El Desarrollo como Función No-Lineal

Las diferencias individuales apreciadas sobre la Matriz Evolutiva requieren explicación. Sabemos que cada niño asciende su propio “paisaje epigenético” (figura 2) a lo largo de la infancia hasta alcanzar un destino fenotípico D, con una suerte de puntos de inflexión en la trayectoria global del Cociente de Desarrollo (ecuación 2) y múltiples desfases entre funciones; tal y como se entiende el desarrollo natural desde la Teoría de Sistemas Dinámicos (Smith, 2003; Smith y Thelen, 2003; Spencer y Thelen, 2003; Thelen, 1995; Thelen y Smith, 1998). Se trata de caracterizar la trayectoria completa del proceso del desarrollo a través de funciones matemáticas no-lineales que ayuden a explicar cómo cada individuo particular ha llegado a alcanzar su propio Dx.

Cociente de Desarrollo

Epigenético individual

Figura 2. Ascenso del paisaje epigenético individual

La función de Velocidad del desarrollo v (ecuación 3) es uniformemente desacelerada, condicionada por una aceleración negativa, que corresponde a la atracción de la etapa en la que se encuentra el desarrollo. La función tiende a no alcanzar su techo logarítmico (figura 3).

Velocidad del desarrolloFunción de Velocidad del desarrollo

Figura 3. Función de Velocidad del desarrollo

La función de Cristalización del desarrollo c (ecuación 4) es uniformemente acelerada, condicionada por la misma atracción de la etapa c2 que desacelera la velocidad en función del tiempo. Así, a mayor maduración menor margen de evolución, hasta alcanzar una identidad individual única e irrepetible dentro de los límites genéticos.

La función cristalizaciónFunción de Aceleración del desarrollo

Figura 4. Función de Aceleración del desarrollo

Aunque la inmanencia atractora c2 podemos considerarla uniforme a lo largo de todo el proceso de desarrollo, la aceleración del vector de velocidad v logt amplía la nube de puntos N , en las edades intermedias y al acercarse a D, carece de potencia para imponerse a la atracción, por lo que el sistema se cristaliza (figura 5).

Área de la región encerrada

Como resultado de la interacción de estas dos variables aparece la trayectoria seguida por el niño en el ascenso de su paisaje individual. Esta línea la va trazando el CD – cociente correspondiente a la media de las edades representadas por los ítems que el niño tiene adquiridos en una fecha determinada–.

Nube de puntos del sistema dinámico

Figura 5. Nube de puntos del sistema dinámico no-lineal

El «parámetro de Orden» de los sistemas dinámicos –que define el estado de organización del sistema– es la cantidad de desarrollo (Cociente de Desarrollo) que con el trascurso del tiempo se observa en la trayectoria individual (figura 6).

Evolución del CD

Figura 6. Evolución del CD en un caso concreto

Y el «parámetro de Control» del sistema –que determina la estabilidad o el cambio– es la cualidad armonía-disarmonía que marca los puntos de inflexión en el ascenso del paisaje epigenético, representado por el Índice de Armonía (figura 7).Evolución del IA

Figura 7. Evolución del IA en un caso concreto

Afectando a la dinámica del sistema en desarrollo no incluimos la variable independiente Entorno, ya que esta actúa directamente sobre la velocidad y la cristalización del proceso.

4. Concepto de Armonía del Desarrollo

En la esencia de la EDA encontramos el concepto de desarrollo natural –la Matriz Evolutiva lo refleja–. Como investigadores debemos dilucidar si de los datos objetivos proporcionados por la evaluación –CD e IA–, se deriva una amenaza capaz de trastornar el proyecto de desarrollo individual.

Trabajamos así desde el supuesto de que el sistema puede soportar determinado grado de desequilibrio, sin que esto le impida alcanzar el destino fenotípico potencial D inscrito en el proyecto genético; al tiempo que mayores grados de disarmonía resultarían una interferencia grave para el proceso del desarrollo.

destino fenotípico potencial

Figura 8. Comparación entre el destino fenotípico potencial y el real

Definimos el desarrollo armónico como aquel que logra ascender hasta su destino ideal D. Cada sujeto en desarrollo alcanzará su propio Dx , a través de una trayectoria más o menos armónica, en función de la fuerza de las variables presentes en cada momento Llamamos armonía A a la variable dependiente del producto de logt v por c2 (ecuación 7).

Armonía Armonía Aceleración Cristalización

5. El Cociente de Desarrollo Estable

Para tomar decisiones clínicas objetivas y fundamentadas necesitamos indicadores que señalen inequívocamente los signos de alerta presentes en la evaluación. Afortunadamente
sabemos que el IA adopta valores idénticos al valorar la misma dispersión de la nube de puntos para cualquier edad. Sin embargo, el Cociente de Desarrollo (ecuación 8) se
diferencia en relación a la edad a la que se aprecia. Tanto es así que, al tratarse del cociente entre la Edad de Desarrollo y la Edad Cronológica, para una misma diferencia entre
ambas, a distintas edades el resultado es distinto, siguiendo una ley inversamente proporcional: a menor edad, mayor cociente relativo.

Imaginemos seis meses de diferencia entre la ED y la EC; entonces, al año de vida, esos seis meses representarían un CD un 50% mayor (ecuación 9), mientras que a los dos años sería solo el 25%, como se observa en la ecuación 10: